miércoles, 29 de marzo de 2017

El 100

Hace unas semanas fue el día 100 del curso en el cole de los pequeños padawanes. No sé qué hicieron en clase o en el patio, o qué inventó la Seño para que los peques disfrutaran de ese día. Pero sí sé que fue un día redondo, una cifra redonda.
Meses atrás, un año atrás, ver salir del cole a Luke con las manos cargadas de regalos y globos, la mochila llena de caramelos, manualidades y monigotes de goma eva, y sobre todo, un gorro rosa en la cabeza con un '100' enorme, para mí era inimaginable. Meses atrás, un año atrás, solo pensaba en el cambio de casa, cambio de cole, de Seño, de amigos... cambio de vida. Pero los padawanes me borran la mente y me pintan una sonrisa. Salimos del cole, los tres de la mano, y a Luke se le acumulan las historias y las anécdotas en la boca. Nos vamos a casa cargados de cosas y de risas, felices, riendo en el coche, hiperactivos. Mientras termino de preparar la comida, Leia lee un libro sentada en la encimera. Está leyendo a todas horas. Y el pequeño sigue riendo y bailando alrededor mía, sigue acelerado, como cuando le toca el turno de ser el encargado de la clase.

Meses atrás, un año atrás, no podía imaginar un día como ese. El día 100 fue un gran día en la Academia-Jedi. Ha habido más, pero ese fue especial. De esto hace ya unas semanas, como os dije al principio. Ayer le tocó de nuevo ser el encargado de clase, y Luna ha pasado la noche en casa. Y ahora el que se pasa el día leyendo sus fichas y libros de dinosaurios es él.

Da la casualidad de que por esas fechas descubrí en The Blue Monster, otro de los blogs que sigo, el poema del pedagogo italiano Loris Malaguzzi, 'Los cien lenguajes del niño'.


El niño está hecho de cien.
El niño tiene cien lenguas, cien manos, cien pensamientos,
cien maneras de pensar, de jugar y de hablar.
Cien.
Siempre cien, maneras de escuchar, de sorprenderse, de amar,
cien alegrías para cantar y entender, cien mundos que descubrir,
cien mundos que inventar, cien mundos que soñar.
El niño tiene cien lenguas (y además de cien, cien más),
pero le roban noventa y nueve.
La escuela y la cultura le separan la cabeza del cuerpo.
Le dicen:
Que debe pensar sin manos, actuar sin cabeza, escuchar y no hablar,
entender sin alegría, amar y sorprenderse sólo en Pascua y Navidad.
Le dicen:
Que descubra el mundo que ya existe y de cien le roban noventa y nueve.
Le dicen:
Que el juego y el trabajo, la realidad y la fantasía, la ciencia y la imaginación,
el cielo y la tierra, la razón y el sueño, son cosas que no van juntas.
Y le dicen:
Que el cien no existe.
El niño dice:
"¡EL CIEN EXISTE!"

(Los cien lenguajes del niño - Loris Malaguzzi)

Desde que yo soy padre, alguno de esos 100 los he ido recuperando. Pocos, muy pocos, pero lo suficiente como para disfrutar del Día 100 del cole. Para mí un día redondo.

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viernes, 24 de marzo de 2017

Viernes dando la nota #194: Mejor espero...

Cortito y al pie. A veces el chip cambia de un día para otro. Esto no quiere decir que vaya a mejor, o que se arruine todo en un momento. Siempre hay muchas posiciones intermedias, retrocesos, intentos fallidos y hasta cabezonería por apagar, encender y reiniciar. Pero hasta la monotonía y el hastío termina por morderte los tobillos, y más arriba. Esta semana me han dicho de todo, y me han llamado casi de todo. Pero ni siquiera eso importa, y tampoco tengo tiempo para eso. Es como esa lona que restalla con el viento. Ruido. Cuando una de tus vendas en la cara es el estrés, al final es el goteo que ya ni recuerdas cuándo comenzó lo que acaba por empaparte. Para lo bueno y para lo malo.


Nunca conocí a un hombre sabio. Y si lo hice, era una mujer. Una cosa es tener buena actitud, y otra bien distinta –y al alcance de tan poca gente– tener talento. Y a veces a mí me faltan de las dos. Demasiadas veces. Cuesta darse cuenta de que lo único que puedes intentar cambiar es tu disposición. Porque lo que te haya tocado de capacidad o aptitudes es como el helado derretido chorreando por el barquillo. Y solo te queda esperar a que no se te note demasiado. Y aprender de la mujer sabia. A seguir esperando.


A cambiar el paso. Sigo teniendo ganas, necesidad, de subirme a un avión, y de hoteles. Pero eso tendrá que esperar. No es tan raro, ¿verdad? La semana que viene, más. Sed libres.

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miércoles, 22 de marzo de 2017

Educar para la rebelión

Por Mrs. Tomico, la Maestra-Jedi.

De entre las que yo considero muchas y buenas (aunque quizás no demasiado prácticas) enseñanzas que recibí en la Facultad de Periodismo, he atesorado durante todos estos años, el descubrimiento del conocido como “Experimento de Milgram”. Descubrimiento que debió sobrevenirme en alguna de aquellas remotas y soporíferas tardes de primero o segundo de carrera.

Básicamente el famoso experimento social viene a demostrar que los adultos poseemos, mayoritariamente, una “extrema buena voluntad para aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad”. ¿Que cómo demostró Milgram esta afirmación suya? Bueno, pues juntó a unas cuantas criaturitas, les dio un botón y les dijo que cuando lo apretaran le provocarían descargas eléctricas a un pobre desgraciado que había en la habitación contigua (el pobre desgraciado era un actor muy convincente y en realidad estaba tan tranquilo echando el rato, pero los otros esto no lo sabían). Les dijeron que pulsaran cada vez que se lo pidieran. Que no pasaba nada, que era para un experimento... Pues la inmensa mayoría de estas personas apretó, apretó y apretó cada vez que se lo ordenaron, incluso mientras escuchaban claramente las súplicas desesperadas de dolor que llegaban de la habitación de al lado. Solo unas pocas pararon...

El tal Milgram parece que no tenía intereses sádicos en el asunto y que lo único que intentaba comprender era qué clase de mecanismo puede llevar a cometer verdaderas atrocidades a seres humanos aparentemente normales. Se planteaba, en concreto, si Eichmann (responsable directo de la “solución final”) y su millón de cómplices en el Holocausto habían actuado así, no por maldad o convicción sino, simplemente, porque estaban siguiendo órdenes... Pedazo de dilema moral que os he dejado. Lo sé. Aquí más información sobre el tema.

Libro que Luke y Leia leen en su cole sobre cómo aprender a decir '¡NO!'.
La cuestión es que desde que comencé a dedicarme a la enseñanza y, más intensamente, desde que me convertí en madre, el temita este de las descargas me viene a la cabeza en según qué circunstancias. No porque haya querido yo darle descargas a más de uno/a, por dió, sino por la cuestión esa de la obediencia ciega a la autoridad... La pregunta que comencé a hacerme hace algunos años fue exactamente: aceptando que la premisa de Milgram fuera cierta, ¿qué hace que las personas actuemos mayoritariamente de esta manera? Y, lo que es más importante, ¿qué puedo hacer yo como educadora/madre para cambiar esta situación? Obviamente se trataba de una experiencia sobre personas adultas y todos sabemos que los niños y, sobre todo, los adolescentes, tienen una tendencia natural a rebelarse contra la autoridad. Pero, ¿en qué momento abandonamos esta actitud? ¿Por qué lo hacemos? Y, lo que es más importante, ¿cómo podemos educar a las futuras generaciones para aprender a encauzar ese caudal de disidencia hacia los fines adecuados en vez de tratar de aniquilarlo durante el proceso educativo?

Y entonces abrí los ojos. Y empecé a mirar bien.

No me gustó lo que vi en clase: “niñ@ no te levantes sin mi permiso”, “ahora no toca hablar de eso”, “date prisa en terminar ese ejercicio que hay más trabajo que hacer”,... todo esto yo les decía. No me gustaron algunas cosas que vi en casa tampoco, aunque quizá en menor medida porque 2 no es lo mismo que 32 y 1 o 2 años no es lo mismo que 12 o 13.

No me gusté yo misma. Porque yo, en mi ignorancia, estaba reproduciendo el modelo educativo este que enseña la obediencia ciega a la autoridad. De alguna manera, premiaba al que estaba callado (aunque quisiera hablar para denunciar una injusticia), al que no se levantaba para quejarse por la fecha de un examen (aun cuando ese mismo día toda la clase tuviera otros dos exámenes y yo, siendo mi obligación saberlo, no tenía ni idea del asunto). Celebraba a mi hijo o a mi hija cuando daban un beso a un desconocido solo porque yo se lo había pedido...

Menos mal que ya había abierto los ojos y comencé a intentar cambiar la situación. No estoy hablando de fomentar el desorden y, obviamente, existen unas reglas y límites que deben ser cumplidos y respetados si queremos convivir en una sociedad medianamente pacífica y respirable. Pero sí hablo de enseñar a decir NO cuando es NO. De demostrar que, a veces, no pasa nada por enfrentarse a la autoridad si se ha realizado una petición injusta o excesiva y que está bien pensar si algo es moralmente aceptable o no, antes de obedecer ciegamente. Tampoco pasa nada si aquell@s que ostentamos la autoridad (todos los padres y madres ante nuestr@s hij@s lo hacemos) demostramos a veces que nos equivocamos y pedimos perdón públicamente de forma clara, sin ambages. Esto no nos hace perder “poder” sino que nos procura el respeto de l@s otr@s.

Se trata, en definitiva, de educar ciudadan@s más comprometid@s y conscientes. No aborregados en las aguas tranquilas de una sociedad pacífica, sino en guardia, alerta y preparados por si en algún momento se comete alguna injusticia y hay que rebelarse contra ella. Sinceramente creo que la inmensa mayoría de los ciudadan@s no estamos educados para la rebelión. Y así nos va. Porque a veces la rebelión es necesaria.

Me gustaría terminar recordando una anécdota que me ocurrió cuando daba clases en un instituto (os prevengo de que llevo ya unos meses lejos de las aulas y quizás la nostalgia esté empezando a idealizar este y otros recuerdos). Fue una de las grandes lecciones que he recibido de mis alumn@s. Simple y brillante y muy relacionada con todo esto. Lo que ocurrió en resumen es que una compañera y yo habíamos preparado con algunos chicos y chicas de 2º de ESO una representación teatral para realizar en instalaciones municipales, dentro de las actividades conmemorativas del Día de la Mujer. El caso es que la representación se llevó a cabo antes de la hora que fue comunicada a los padres y muchos de ellos llegaron cuando todo había terminado.

Entonces uno de los alumnos preguntó a la representante municipal allí presente si era posible repetir la obra ante el nuevo público ya que todas las actuaciones previas habían terminado y no se necesitaba el salón de actos para nada más, pero recibieron una negativa clara. Ante tal respuesta yo estaba ya dispuesta a recoger y marcharme pero l@s chic@s se subieron al escenario y se negaron a bajarse hasta que les dejaran representar por segunda vez. Comenzaron a actuar y nadie pudo evitar que terminaran, aun cuando la mitad de la representación se hizo con la iluminación principal apagada, casi a oscuras. Pero nadie de entre el público se movió y todos les aplaudimos durante más de cinco minutos al terminar la obra. Fue emocionante.

Ellos se rebelaron contra la autoridad para hacer algo que consideraban bello y justo. Ellos lo hicieron; no yo, que me senté en una de las últimas filas como una espectadora más. Y ellos me hicieron creer que, a fin de cuentas, no todo estaba perdido.

Fue más o menos por la época en que estaba abriendo los ojos y comenzaba a ver de verdad.

Fdo.: La Maestra-Jedi.

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domingo, 19 de marzo de 2017

#YoSoyDe

Está acabando mi quinto Día del Padre. Y me sigue pareciendo algo irreal. Sigo sin sentir algo particularmente especial que necesite de un #DíaDe para celebrar. Tampoco para reivindicar. Este año no tenía​ siquiera previsto actualizar mis redes, mucho menos el blog. Pero es el Día del Padre, y al final todos hablamos de ello.

No por día en sí mismo, que a fin de cuentas es más o menos tan atípico como cualquier otro. Hoy me han llevado el desayuno a la cama, y he tenido algún regalito en forma de tazas decoradas. Ha habido bicis, parque, croquetas, paseo, merienda, un poco de dinosaurios, Minions y rocanrol, y ahora toca baño. Bueno, sí, hoy han recogido su cuarto. Será por ser fiesta. En realidad pasa el día, y no puedo dejar de pensar en que el mérito del #DíaDe no es mío, yo solo dejo pasar el tiempo, solo intento no meter la pata. El mérito absoluto de esto de la paternidad lo tienen mis padawanes, y la Maestra-Jedi.
Luke, Leia y la Maestra-Jedi me siguen enseñando muchas cosas. Sobre todo cosas sobre mí mismo. Uno siempre es aprendiz de algo, y toda la vida vamos tropezando y avanzando. Pero nada comparado a la paliza de realidad que te da la paternidad. Antes de ser padre no tenía ni idea de lo que puede uno llegar a sentir, esos niveles de ternura, ese quedarte embobado, enamorado, la paciencia, la empatía, la felicidad. Pero tampoco de la vigilia constante, la falta de sueño, ese estado latente de alerta continuo, como subyacente, ese sexto sentido arácnido. Y mucho menos me imaginaba tener que lidiar con berrinches, caprichos, tareas que durante toda tu vida has tenido por sacrificios. Las más de las veces no tenes ni idea de lo que haces, simplemente lo estás haciendo, por instinto maternal, por tripas, guiándote por impulsos y tirando de improvisación. Y casi siempre con incertidumbre, y con miedo. No te sirven manuales y ni ideas preconcebidas, ni 'estivilles', ni 'gonzález', ni 'montessoris'. Ni siquiera la idea que tenías sobre qué padre querías ser, qué padre ibas a intentar ser, o el que ibas a intentar no ser.

Cuando te llega, lo tomas. En estos cinco años yo he descubierto que la cara menos grata de la crianza y la paternidad también es tu responsabilidad. Y que aún me quedan muchas malas noches, muchas mañanas de locos, muchas tardes de tener ganas de llorar y de dormir, muchas sala de espera de pediatría, muchas listas de la compra, muchas cuestas de septiembre, y muchos abrazos de consuelo. Me quedan muchos huevos que comer. Yo antes no pensaba en el machismo, en una mujer de 5 años, no pensaba en los abusones de 6 años, no pensaba en zapatos gastados, ni pensaba en tener la alacena bien provista. Y sigo olvidando muchas cosas, tareas y gestiones que nunca aprendí a incorporar en mi agenda, a mi día a día. Cosas que ni recuerdo pensar cuando me levanto por la mañana, pero que tras cinco años, voy descubriendo que también están ahí, y son obligatorias. Y me toca ponerme las pilas, tengo que seguir mejorando. Mucho.

Todas estas cosas las sigo aprendiendo, intentando ser mejor padre, pareja y persona. Y sigo sin poder dejar de pensar en que yo solo sé improvisar, seguir la estela que me marca la Maestra-Jedi, hacer por el bienestar, la salud y la felicidad de mis padawanes, e intentar no meter la pata. Porque al final de todo, yo soy de mis padawanes.


Os dejo, que Luke, Leia y yo vamos a hacer unas​ pizzas a seis manos. Ya se acaba mi quinto Día del Padre, ya solo queda la cena y el cuento.

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viernes, 17 de marzo de 2017

Viernes dando la nota #193: Cinco, diez minutos...

Cortito y al pie. No hay semana que no tenga una excusa. O que la tenga, tanto da. Cuando no es por exceso es por defecto, y de estos últimos voy sobrado. Será mi tendencia a saturarme y sobrecargarme, que se complica con mi incurable desorganización y mi pecado más recurrente, la procrastinación. Los cinco minutos que suelo tener entre tarea y tarea, o entre arranque y arranque, se pierden, como la lágrima de Peret. O, por hacer honor a la verdad, los pierdo. Claro que con tanto estrés y tanta multitarea mal gestionada y peor atendida, no me queda más remedio que rendirme. Mi salud mental también cuenta. Me rindo por necesidad, cinco, diez, quizás quince minutos de guitarras, como ver un prado de hierba de un verde imposible, o contemplar en calma cómo sube la marea. Diez minutos, quince...


Para despertar con otro arranque de prisas, y de presión, de culpa. El tiempo perdido lo extravío yo, así que mi autoimpuesta penitencia es correr. Y nunca aprendo, que es lo peor, lo que no me deja perdonarme. Porque si aprendiera de una puñetera vez, talvez no me cantaría el gallo. Talvez. Claro que entonces quizás sería otra persona distinta, o una parecida. La que veis en las fotos, o la que leeis aquí o en las redes. Me conformaré con seguir soportándome. Por mucho que Lynyrd Skynyrd me repitan a lo largo de estos años eso de "Tomate tu tiempo, no vivas demasiado deprisa". Sigo siendo así de simple. Cinco minutos más de guitarras.


#YoSoyDe prisas y estrés, #YoSoyDe perder las horas, #YoSoyDe correr después, y hasta de no llegar a tiempo. #YoSoyDe cinco minutos más de guitarras, y de rocanrol. #YoSoyDe bailar y girar agarrado de las manos de mis pequeños, aunque lleguemos tarde, cinco minutos. La semana que viene, más. Sed libres.

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