No es por ti, es por mí...

Yo soy el que tiene prisa. Yo soy el que tiene el reloj en la cabeza. Tic Tac Tic Tac detrás de los ojos. Yo soy el se pone de los nervios si te pones la camiseta o los zapatos al revés, si no te subes la cremallera, si no te abrochas el botón. Yo soy el que quiere que salgamos ya, el que quiere que estés preparado para salir ya.

Yo soy el que se desespera porque tu hermana tarda en acabarse la leche. Porque tu hermano quiere vestirse conmigo al lado. Yo soy el que tarda un segundo de más en darme cuenta y en pedirte perdón por tirarte del pelo al hacerte la coleta. Y en darte un beso para que me perdones, aunque no haga falta. Yo soy el que olvida estas cosas. El que deja que las prisas me hagan olvidar lo que realmente tengo que hacer. Lo que necesitáis.


Yo soy el que se olvida de lo importante que es ese Pikachu, ese dinosaurio, esa tarjeta. Lo importante que es irnos al cole con ese muñeco al que agarrarse. Iluso. Yo soy el que no se para a desear de verdad buenos días. Yo soy el …

Ocho vueltas alrededor del Sol en dos segundos

Una velita en primer plano con forma de '8' en la tarta de cumpleaños de los peques, que están riendo desenfocados al fondo.
"Ocho años". Es la respuesta que tengo que pensar durante dos segundos cuando me preguntan por mis pequeños, ya no tan pequeños. Ocho años, son los que acaban de cumplir este mes. 2.922 días, 2922 noches, y contando. No es una pregunta difícil, pero ahí interviene una especie de Teoría de la Relatividad como la de Einstein, y ya se complica todo. Y entonces piensas que era verdad, que el tiempo corre a distintas velocidades según quién cuenta las fechas, las vueltas alrededor del Sol y tenga que contestar. "–¿Qué edad tienen tus hijos?". Y dos segundos después: "–Ocho años. Ochos años ya".

Pasaron las operaciones pañal, las primeras palabras, los primeros tequieromuchopapi, la talla 26, los terribles dos años, los no menos terribles tres. Todo siempre por duplicado. Las noches de colecho forzoso, los primeros dientes de leche, los primeros rockanroles, los primeros cuentos sin dibujos... Y yo tengo que pensar dos segundos para caer en la cuenta de que acaban de cumplir ocho años. Me resisto a escribir ocho añitos, en mi cabeza siguen pareciendo pequeños. Pero cuando pienso en lo que les ha dado tiempo a vivir, a aprender y a alcanzar en esos millones de kilómetros viajando alrededor del Sol, me golpea la realidad. Se me desmorona mi síndrome de Peter Pan.

Montando uno de los sets de Lego que le regalaron a Javier en su último cumpleaños, y con los que jugamos a 6 manos.
Ocho años creciendo juntos, aprendiendo juntos, cuidándonos, queriéndonos, disfrutándonos y viviéndonos. Hace no mucho, pensaba que con el paso del tiempo, cuando fueran creciendo, me harían mayor. Pero está siendo todo lo contrario. En muchas cosas –las importantes en el fondo– han conseguido rejuvenecerme. Me sacan el #PapáÑoño que llevo dentro. Me han hecho volver a jugar, volver a montar Legos y a comer helados a cualquier hora. Me han hecho volver a leer cuentos, a ver de nuevo películas de mi infancia, a dibujar. Me han hecho volver a disfrutar de las cosas simples de la vida, de la simpleza de la felicidad, de la felicidad de la simpleza. Son mi Campanilla, y de nuevo mi Peter Pan sonríe.

Como cada año, cuando llega diciembre tenemos la agenda bastante apretada. Todo un fin de semana de celebraciones; primero junto a la familia en la Academia-Jedi, y luego con los amigos del cole pasando el día en una granja escuela a la que solemos acudir desde que eran pequeños y dónde los han visto crecer. Allí han tenido actividades, han hecho sus propias pizzas y han alimentado a los animales. No paraban de sonreír y de disfrutar, como siempre. Da lo mismo que fuera cumpliendo sus ocho años que cuando cumplieron cuatro. No me imagino mejor cumple. Y me sigue pareciendo poco.

Los peques felicitándome a la luz de la vela de mi último cumple, hace un año ya.
"–¿Y el cumple de Papi?". El cumple de Papi es poco después, en unos días. El 24 de diciembre. Pero ya ni es importante, y menos para Papi. Es sólo una excusa más para celebrar con ellos. Incluso aquella vergüenza que todos sufrimos en la ceremonia de soplar las velas se esfuma. Ahora ni lo pienso. Es como si compartiera el momento, las velas, el cumpleañosfeliz y la tarta con ellos, y ellos compartieran conmigo la ilusión y la magia. Yo no tengo ni que soplar las velas, Ana y Javier las soplan conmigo, por mí. Otra de las maravillas de volver a sentirse como un niño, gracias a ellos: cumplir 39+8 años. Treinta y nueve más ocho vueltas alrededor del Sol, un Peter Pan con canas y dos Campanillas. Ese precisamente es su regalo para Papi, y el Centro del Universo vuelve a estar donde debe.

Felices ocho, Javi, Ana. Feliz vida. Os quiero.

¡Que la Fuerza os acompañe!

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