No es por ti, es por mí...

Yo soy el que tiene prisa. Yo soy el que tiene el reloj en la cabeza. Tic Tac Tic Tac detrás de los ojos. Yo soy el se pone de los nervios si te pones la camiseta o los zapatos al revés, si no te subes la cremallera, si no te abrochas el botón. Yo soy el que quiere que salgamos ya, el que quiere que estés preparado para salir ya.

Yo soy el que se desespera porque tu hermana tarda en acabarse la leche. Porque tu hermano quiere vestirse conmigo al lado. Yo soy el que tarda un segundo de más en darme cuenta y en pedirte perdón por tirarte del pelo al hacerte la coleta. Y en darte un beso para que me perdones, aunque no haga falta. Yo soy el que olvida estas cosas. El que deja que las prisas me hagan olvidar lo que realmente tengo que hacer. Lo que necesitáis.

Yo soy el que se olvida de lo importante que es ese Pikachu, ese dinosaurio, esa tarjeta. Lo importante que es irnos al cole con ese muñeco al que agarrarse. Iluso. Yo soy el que no se para a desear de verdad buenos días. Yo soy el …

El tamaño importa

Ser mayores. Ser grandes con apenas siete años. Mayores para unas cosas y pequeños para otras. Un día estás recogiendo con Luke sus dinosaurios de la bañera o los Lego Duplo esparcidos por el suelo del cuarto, y al rato estás repasando con él las restas con llevadas o la tabla del 2 para el cole. Ves cómo prefiere casi siempre la compañía de niños más pequeños que él, o con qué mino juega con su prima Ceci, a la que dobla en peso, ejerciendo de primo mayor. O flipas con lo que le gusta tratar con los bebés. O descubrir que tras meses de normalidad, vuelve a venirse a nuestra cama casi cada noche. Tener siete años debe ser complicado.

A mi edad, en plena tercera juventud, aún me encuentro con contradicciones y relojes internos atrasados. En parte, por mero contagio. Estos siete años con los mellizos en la Academia-Jedi por fuerza le tienen que dejar a uno secuelas. Pero también te da una perspectiva distinta del tiempo y de las pautas. Nos empeñamos en que los peques sigan avanzando, dando pasos y abandonando su brillo infantil. Somos así de imbéciles. Queremos que se comporten como aprendices de adultos, que sepan desenvolverse con soltura, que tengan independencia y personalidad, que sigan nuestro ritmo, a veces incluso que no molesten. Un concepto abstracto y dañino de perfección. Y solo en ocasiones nos damos cuenta de que con siete años, los que deberíamos acompañarlos a su paso somos nosotros.

Y la realidad, como siempre, te desarma. Una realidad con el pelo castaño, veintipico kilos, y la sonrisa floja. Algo tan simple como despertarse de madrugada porque Luke ha vuelto a meterse una noche más en nuestra cama. –¿Qué te pasa, cariño? –Tengo frío. Quiero contigo. Y ya está. Te agarra la mano –la de la Maestra-Jedi– y ya está dormido. Una simpleza que no admite contestación. Otra racha, una más. Te preguntas por qué, tras tantos meses. ¿No será que tiene apenas siete años?

Ya con la hora de los desayunos y el cole encima, intento mentalizarme para el zafarrancho, y me cuesta sacarlo de la cama. Y no por los veintipico kilos. El tamaño importa, es como un muñeco enorme. En realidad lo que me cuesta es no quedarme allí con él, cinco minutos más, media mañana más. Mientras tomo fuerzas para arrancar, pienso; tener siete años debe ser complicado.

¡Que la Fuerza os acompañe!


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Comentarios

  1. Todas las edades son complicadas. acuéstate un ratito más, te doy permiso

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    1. Sí, y cada edad tiene sus problemas... Yo con una siestita de vez en cuando me conformo ;)

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  2. Tenemos, a veces, mucha prisa en que crezcan y sean más adultos cada día. Cuando lo que deberíamos es hacerle disfrutar cada día de ser niños. Y nosotros disfrutar de que aún lo sean. El mio con 10 años aun se mete con nosotros en la cama, es lógico: entre dormir solo o dormir entre papi y mami no hay color!

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