No es por ti, es por mí...

Yo soy el que tiene prisa. Yo soy el que tiene el reloj en la cabeza. Tic Tac Tic Tac detrás de los ojos. Yo soy el se pone de los nervios si te pones la camiseta o los zapatos al revés, si no te subes la cremallera, si no te abrochas el botón. Yo soy el que quiere que salgamos ya, el que quiere que estés preparado para salir ya.

Yo soy el que se desespera porque tu hermana tarda en acabarse la leche. Porque tu hermano quiere vestirse conmigo al lado. Yo soy el que tarda un segundo de más en darme cuenta y en pedirte perdón por tirarte del pelo al hacerte la coleta. Y en darte un beso para que me perdones, aunque no haga falta. Yo soy el que olvida estas cosas. El que deja que las prisas me hagan olvidar lo que realmente tengo que hacer. Lo que necesitáis.


Yo soy el que se olvida de lo importante que es ese Pikachu, ese dinosaurio, esa tarjeta. Lo importante que es irnos al cole con ese muñeco al que agarrarse. Iluso. Yo soy el que no se para a desear de verdad buenos días. Yo soy el …

La aguja del pajar

Cosas que nunca pensé que haría #7

Hacía mucho tiempo que no actualizaba esta serie, esta especie de mini sección. Después de siete años, la paternidad no te da mucho margen. Pero llega un sábado por la tarde, y de repente y sin buscarla, te encuentras la aguja del pajar. Y te ves haciendo, sin pensarlo, sin planteártelo, y hasta de buena gana, algo que jamás habría pasado por tu imaginación que llegaras a hacer. Al menos no por mi imaginación. Pero con la de la pequeña Ana y su creatividad nos da para los dos. De sobra.

Así que ahí me veo yo, con las gafas colgando a media nariz, intentando enhebrar una aguja, cortando y cosiendo fieltro. Y riéndonos la pequeña y yo por mi escaso éxito. Ella siempre está fabricándose sus propios juguetes, haciendo marionetas con palitos de brochetas, accesorios para sus PinyPon –lo podéis ver más abajo–, recortando y montando con celo pequeños libros, o haciéndose ropa con retales y telas viejas. Hoy ha querido hacer una muñeca.

Ha montado una especie de pelota con fieltro, rellenándola de algodón y cosiéndola, para hacer la cabeza. Luego se ha puesto a recortar más piezas para hacer unos brazos y un cuerpo, el pelo, un faldón. Llegados a este punto, para conseguir que todo encajara y que no se le desmontara, ha necesitado que le echara una mano. Con lo que no contaba es que su padre ya se acerca al medio siglo, y lo de enhebrar una aguja nunca se me ha dado bien.

En fin, todo sea por las risas, la suya y la mía. Encontrar la aguja del pajar debe ser complicado, o cuestión de –mucha– suerte. Pero de antemano menos probabilidades me hubiera dado de hacer costura con mi pequeña, y menos aún de enhebrar la aguja hasta cinco o seis veces. También es toda una suerte poder pasar uno de nuestros ratos geniales. La aguja del pajar.



Y vosotros, ¿qué habéis hecho con vuestros hijos que nunca pensasteis que haríais?

¡Que la Fuerza os acompañe!

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