No es por ti, es por mí...

Yo soy el que tiene prisa. Yo soy el que tiene el reloj en la cabeza. Tic Tac Tic Tac detrás de los ojos. Yo soy el se pone de los nervios si te pones la camiseta o los zapatos al revés, si no te subes la cremallera, si no te abrochas el botón. Yo soy el que quiere que salgamos ya, el que quiere que estés preparado para salir ya.

Yo soy el que se desespera porque tu hermana tarda en acabarse la leche. Porque tu hermano quiere vestirse conmigo al lado. Yo soy el que tarda un segundo de más en darme cuenta y en pedirte perdón por tirarte del pelo al hacerte la coleta. Y en darte un beso para que me perdones, aunque no haga falta. Yo soy el que olvida estas cosas. El que deja que las prisas me hagan olvidar lo que realmente tengo que hacer. Lo que necesitáis.

Yo soy el que se olvida de lo importante que es ese Pikachu, ese dinosaurio, esa tarjeta. Lo importante que es irnos al cole con ese muñeco al que agarrarse. Iluso. Yo soy el que no se para a desear de verdad buenos días. Yo soy el …

Pequeñas adicciones

Entre las primeras palabras que han aprendido los pequeños padawanes hay una que repiten y repiten incansablemente. Y lo mismo sirve para la comida, para los juegos en el parque o en casa, para los cuentos, o para los 'dibujitos' en la tele.

Con Luke es habitual terminar agotado cuando te pones a jugar. Le encanta agarrarte, empujarte, que nos zarandeemos, que lo levantes por los aires, echarse encima tuya y revolcarse, correr tras de ti y que tú le persigas. Un ejemplo perfecto de lo que algún padre hipster o 'modernito' llama rouchhouse (hasta yo he usado el término en alguna entrada). Y ya puede estar él también agotado, con la risa floja y llorando de pasarlo tan bien, que sigue repitiendo y repitiendo la palabrita. Incansable.
A la pequeña Leia también le gusta el juego cuerpo a cuerpo, sobre todo las cosquillas y jugar a que 'se cae', pero es más tranquila que su hermano. O quizás debería decir que es más variada. A ella le encantan los cuentos, y los libros de animalitos de granjas y demás (esto requiere otro post). Y es más de quedarse embobada mirando los dibujos animados en la tele. A veces directamente te los pide, sin más. "Paul", "Pocoyó", "Pepapig"... (Paul es un personaje de los DVDs de inglés para niños de Helen Doron, a los que también está enganchada). Cuando ella intuye que va a acabar el capítulo o la canción en cuestión, ya comienza a pedir el siguiente. Y otro. Y otro más... Su hermano también, pero es la pequeña la que empieza pidiendo los dibus. Y lo mismo ocurre con los vídeos o las aplicaciones que tenemos en el móvil. El iPhone de la madre o el iPad sabe desbloquearlos sola y buscar el icono de ClanTV, pero el mío es aún un misterio para ella, y cuando lo coge y lo ve apagado, directamante me lo da para que yo se lo encienda. Y que no tarde. Alguna vez incluso ha empezado a llorar cuando le hemos apagado la tele o el móvil, pidiendo otra dosis. Otra vez repitiendo y repitiendo la palabrita, una y otra vez. Incansable.

Es hora de cambiar de tercio. Cuando se presenta uno de estos momentos de intensa insistencia, hay que buscar una alternativa, y rápido. Ir a la cocina a por galletas o algo de picar, echarse al suelo en busca de sus Legos y que se interesen y quieran jugar a otra cosa, cogerlos en brazos y asomarlos a la ventana, señalando a las nubes. Si nos pilla en la calle, llevárselo a otra parte, que se interese por algo distinto. A veces la situación se autogestiona de alguna forma milagrosa, y empiezan a jugar entre ellos, solos, o la pequeña Leia escoge uno de sus libros y se pone a 'leer', tranquila, o Luke se pone a apilar pacíficamente sus bloques de madera.

Y ahí es cuando se da la vuelta a la tortilla de nuevo. Ahí es cuando dejan de hacer lo que están haciendo, y vuelven a la carga. Y somos nosotros los que insistimos en que sigan con lo que estaban, y les repetimos y repetimos, una y otra vez, la palabrita: "Más, más, más...".

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