martes, 17 de febrero de 2015

Diario del Capitán. Fecha Estelar... (y 2)

(Parte 2)
Beam me up, Scotty!

Sigue siendo viernes. Son las 2 de la tarde, y vamos los tres de la mano, camino de vuelta a casa. A preparar la comida. Hoy no hay nada que pueda arruinarme el día, así que voy sobre seguro: espaguetis. Luke y Leia siguen tan contentos al llegar a casa que tengo que sentarlos en la encimera de la cocina, no quieren separarse de Papi, quieren jugar ayudarme con la comida. La pequeña padawan está obsesionada con “ayudar” en la cocina, echar ingredientes a la olla, abrir paquetes, remover... Mientras charlamos y seguimos jugando y cocinando, llega la Maestra-Jedi y, después de repartir besos para todos, la ponemos al día en un momento. Hoy es de los días que podemos sentarnos justos a la mesa, y a la vez. Y por una vez, aparte de ponerse de tomate y queso hasta las cejas, comen estupendamente. Hasta la mitad de mi helado, como siempre. Y entre más sonrisas.
Y además hoy es un viernes de esos en los no trabajo, me puedo quedar tranquilo alargando la sobremesa. Y, claro, es lo que tiene estar todos tan a gusto; al final Leia se duerme en el sofá, con nosotros. Mientras, Luke sigue jugando y riendo alrededor nuestra. Llevo a la pequeña dormida a su cama, y volvemos a la relativa tranquilidad de lidiar con uno solo. Incluso yo acabo por dormir un buen rato. No sé si sonreía, pero hubiera podido hacerlo.

Llega la hora de merendar, y preparamos unos sándwiches de crema de cacao, con panecillos con forma de Mickey Mouse, aunque Leia siempre prefiere jamón de York. Zumos, churretes y más risas. La Maestra-Jedi tiene hoy vía libre para ir un par de horas al gimnasio, que eso de pagar la cuota y no poder ir casi nunca se lleva mal. Y además luego viene con las pilas cargadas. Así que nos quedamos los tres en casa, que aún quedan juegos, plastilina y lápices de colores para rato. Roughhouse a seis manos. El pequeño Luke parece no haber tenido bastante con la sesión de esta mañana. Ni yo tampoco. Una buena paliza batalla de cosquillas en el suelo del salón entre los tres, de la que salgo molido, arañado, agotado, y medio ronco de tanto reír. Ya no son sonrisas. Es diversión y felicidad a tres bocas.
Se ha hecho de noche ya, y casi ni nos hemos dado cuenta. Toca preparar el baño. Consigo que me dejen 5 minutos, el tiempo justo para encender el radiador, buscar pijamas y toallas, y llenar la bañera. Los dos juntos en el agua, y la fregona cerca, que la experiencia lo vuelve a uno previsor. Después de intentar controlarlos un rato, los dejo ahí jugando con la espuma y sus muñecos de goma de Peppa Pig. Y me voy a “relajarme” un poco a la cocina, preparando pizzas y biberones con cereales, mientras mi sentido arácnido y mi súper-oído de padre están concentrados en el cuarto de baño, alerta. Más que nada por si se hace el silencio. Todo padre y madre experimentado sabe que el silencio en una casa con niños, es sinónimo de alguna trastada catástrofe.

La alarma del horno pita, y yo aún estoy peleándome con el pijama de Luke, que sigue queriendo jugar –“¡Con Papiii!”– mientras lo visto. Máquinas de agotar, lo que yo te diga. Pizza casera de atún y queso, la más fácil de preparar, y la que mejor comen. Media para ellos, y media para mí. Y un biberón con cereales y un poco de miel. Se han acostumbrado a eso y no lo perdonan. No sé si funcionará o no, pero si sirve para que tosan menos por la noche, soy capaz de peregrinar a la Granja San Francisco. Llevan sus platos y sus bibis vacíos al fregadero, están cansados, y contentos, y colaboradores. Y yo mientras voy, sonriendo como casi todo el día, a buscar uno o dos cuentos.

Los espero en el sofá, y vienen los dos corriendo a sentarse uno a cada lado mío, repitiendo el –“¡Con Papiii!”–. Y vuelven a sacarme la sonrisa, no puedo evitarlo. Los abrazo, uno a cada lado, y me pongo a leerles uno de sus cuentos, uno del espacio. –“A mí me gusta creciente, Papi”–, me dice Luke señalando la Luna, –“y Marte rojo”–. Leia es más de Saturno, por los anillos. Llega la Maestra-Jedi del gimnasio, y nos sorprende haciendo el cohete. Ella también sonríe viendo la escena. Los cuatro sonreímos. De par en par. Entre los dos los llevamos a sus camas, y se acuestan agotados, sin oponer resistencia. Pero al poco rato, Leia se levanta, aparece por el pasillo con el pelo alborotado, y se viene al sofá con nosotros. Sólo quiere eso, estar con nosotros. Y acaba durmiendo sobre mi pecho.

Son cerca de las 23:00. Llegó la hora de darme un buen duchazo y tomarme un helado, esta vez sin tener que compartirlo con los padawames. Estoy contento. Agotado. Feliz. Porque ahora que ya estoy relajándome y descansando, estoy con la sensación de que ellos han paso un día tan genial como el que he pasado yo. Un viernes genial.

Creo que estoy necesitando/mereciéndome ya un maratón de Star Wars...

(¿Continuará...?)

¡Que la Fuerza os acompañe!
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